martes, 20 de enero de 2009

Critica en Mar del Plata

Temporada teatral

Inventario

Un personaje provocador para una obra fuera de lo común. “Crudo” está en La Bodega del Auditórium: es un producto a la vez complejo y doloroso. Sólo para gente abierta de cerebro y de alma, capaz de querer a un desconocido. ¿Se juega?

El debate entre realidad y ficción es uno de los más poderosos de los que ha instalado la posmodernidad. Antes parecía claro: novela versus noticiero, con límites socialmente consagrados. Teatro versus historia, dando por sentado que esta última encerraba la verdad.
Hoy hablar de ficción o de realidad supone interrogantes, borramiento de los bordes, géneros que se confunden, y ya la leyenda “basado en una historia real” no agrega ni quita mérito.
“Crudo” es un espectáculo construido sobre la vida de un actor, autor y director teatral de éxito, José María Muscari, que escribió el guión junto a su mejor amiga, la directora Mariela Asensio. En su transcurso, el protagonista de su propia obra detalla para el público todos los ingredientes de una existencia conflictiva como todas, de una infancia compleja como todas. Y también de un presente anhelante, muchas veces insatisfactorio, y en la mitad de las ocasiones frustrante; es decir, como la mayoría.
Digo esto pare evitar equívocos, porque cualquiera podría afirmar -si su lente es demasiado pequeña- que el espectáculo es nada más que la exposición pública de ciertas individualidades que hacen a la identidad de un excéntrico. No se equivoque: no estamos ante la versión ampliada de un blog a pared completa. Es el relato de un diagnóstico de humanidad hecho personaje real, de una vida verídica y actual. ¿Usted es capaz de decirme que no le compete?
En “Crudo” José María se muestra, no se exhibe. Mezcla géneros, introduce tecnología, se vale todo lo que conoce para decirle al público quién es el hombre x que está interpretando, y viene al caso que sea él mismo. Se nutre de sus rituales cotidianos y abre rigurosas ventanitas hacia el dolor propio de ser gente. Pero no se confunda, no hablamos de la soledad de los directores de teatro, ni de la soledad del mundo gay. Ni siquiera de la soledad de los porteños, ni de un hombre conflictuado. Hablamos de la soledad estrepitosa de las personas, de una soledad que hace eco en el baño cuando estamos bajo la ducha. La que hace que la voz retumbe en las paredes del departamento. Una soledad que no es solamente la falta de otra gente. Es la soledad de cualquiera: un tema universal e inevitable porque es el motor muchas de nuestras acciones.

En cueros

La soledad sirve para la construcción de un producto múltiple que integra géneros escénicos -y no tanto- en una unidad que se hilvana en una vida, la de José. Podemos asistir como espectadores de un reality más en vivo que los demás, porque estamos a dos metros del protagonista.
El entrenará, preparará su comida diet para sostener la tremenda obsesión por el aspecto personal, que no es más que su necesidad de ser amado y aceptado (porque jamás habló de la salud). Hablamos de las hormonas que se inyecta, de las proteínas que come, de los medios para llegar a un objetivo: la musculación.
Hablará de sus complejos de infancia, de su infancia, de sus padres y del amor que le tienen, aunque esto no ha impedido que hagan de fabricantes de un hijo único: demasiado presentes, y por ende dañinos, sin quererlo.
Hablará de sus rituales cotidianos, de su obsesión por la frescura bucal y sus gastos mensuales, que no incluyen más derroche que los productos de perfumería y quiosco que le aseguran el olor a mentol de sus fauces. Hablará de su ropa, de sus amantes y de su espantosa sensación de abandono ante el sexo ocasional.
Habla de su relación con la computadora como conexión con el mundo, y en cada una de estas ventanas vimos aparecer a un creativo que está tan preocupado como un chico a la hora de la siesta, cuando sus padres duermen y parece que no habrá en el mundo amigos ni amores que pongan un sonido al silencio ensordecedor de los árboles quietos, y las nubes que se mecen colgadas del cielo. Como un pibe que se esconde en el placard con su linterna a intentar olvidar que no hay un alma viviente más en esa casa, porque todos están viviendo otras historias, que no son la suya.
José asevera, afirma, instala su verdad a boca de jarro. “Necesito que me amen” insiste explícitamente. Dice con ello lo mismo que dicen todos los actores en cada función, aunque no lo codifiquen con esas palabras. Lo mismo que cada uno de quienes se maquillan para representar la más lejana de las ficciones: necesito que me amen. ¿Qué más quiere este público que haga uno para que por fin lo quieran? “No es una joda, lo digo en serio”, dice él, reafirmando el carácter extra ficcional de su confesión.

En carne viva

El trabajo abre las puerta de su intimidad, nos muestra su casilla de mails a pantalla competa, las fotos de su infancia, el video de la cocina de su casa, sus vecinos, hasta sus rituales nocturnos en la soledad de un monoambiente. Y no se vislumbra en estas ventanas un atisbo de máscara, un resto de miseria, ni un resquicio de falsedad. Reparte la comodidad de la sencilla verdad que nunca es triste. Sólo es irremediable.
El espectáculo de Muscari Asensio es un exorcismo, la comprobación de su red, es una lista detallada de todos sus síntomas, su diagnóstico y sus remedios. No ofrece más ni menos que lo que estrictamente hay en un cuerpo que lucha por mejorarse y que ha crecido en importancia para un alma que se había escondido demasiado tiempo.
Nos entrega una lista de sus amigos separados en categorías, y son muchos. Son más de los que tenemos muchos de nosotros. Pero el hombre -ay, el hombre- esta pobre bestia irresoluta, siempre necesita más y más, y padece la condenada soledad como una epidemia sin estigmas visibles.
Hay quienes se oponen a la autorreferencialidad del espectáculo como si fuera innecesaria, como si fuera poco hablar de uno mismo, como si un individuo que se llame como quiera no pudiera ampliar su diario íntimo a la categoría de obra estética. Me permito dudar hasta el extremo.
La intimidad es la materia del teatro porque es la sustancia del conflicto desde que salimos del universo épico. Necesito de la intimidad en el teatro. Hay intimidad en un monólogo de ficción y en una confesión verídica, porque la realidad es el alimento de ambas. Lo que realmente me importa es saber si el arte está presente. Si esta vida se me comunica de manera estética y he recibido una emoción humana, una forma del arte nos ha acompañado esta noche. Una noche de dolores a la luz de la luna, sin violines, ni romance. Una noche tan ecléctica como la vida misma. Tan disonante como el siglo que me ve vivir. Tan Muscari como él mismo, que no se ha escondido detrás de nadie. Hay que tener coraje para verlo, pero no por audacia ni por transgresión: lo que abruma es la vida, que nos cala hasta los huesos. Yo lo aplaudo.

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