sábado, 20 de septiembre de 2008

TALK SHOW



Lo personal es politico


Por Moira Soto
Más clásico que posmoderno, con algunas pinceladas de romanticismo, este José María Muscari que se autorretrata –de la mano de su gran amiga Mariela Asensio, directora y codramaturgista– en Crudo no miente cuando dice, nada más comenzar su show, que va “derribar como una Torre Gemela esa imagen de mí que tenés en tu cabeza”. Aunque quizás exagera un cachito el concepto que el público en general puede tener de él, más cercano probablemente del enfant terrible creativo y muy mandado, que del “excéntrico drogón” que Muscari disfruta impugnando no sin picardía (“para que te des una idea no consumo ningún tipo de droga y en 31 años, nunca fumé marihuana ¿te sorprendí?...”).
Sobre el escenario, como pez tornasolado en el agua, Muscari promete demasiado (“desnudarme y humillarme”), se queja del desamor (“Siento que nadie me quiere”), de las dietas para mantener el peso (“nunca voy a aceptar mi destino de gordito retacón”), habla de su adicción al correo electrónico, propone una especie de pacto fáustico (“ofrezco mi personalidad como parte de pago para convertirme en el tipo musculoso que siempre quise ser”), comenta brevemente su próxima obra con seis personajes desesperados por dinero, anuncia sus proyectos: cuidar a sus padres hasta el último día de sus vidas, tener dos hijos (“construir una familia feliz con la cual reunirme en Año Nuevo y abrir juntos los regalos”). ¿Documental teatral multimedia? ¿Retrato camp del artista que va dejando de ser un eterno adolescente? Poco importa en todo caso delimitar hasta dónde esta representación es fidedigna, se corresponde con el Muscari cotidiano y real, porque ya el proceso de la dramaturgia y la puesta en escena producen una síntesis y una estilización despegadas del realismo. Una zona de ritmo, energía, libertad, humor indirecto en donde Muscari y Asensio coinciden con mucha felicidad, arropados él y las actrices (Soledad Cagnoni, Mariana Plenazio y María Soledad Tuchi) que lo acompañan y asisten en escena por la brillante vestuarista Vessna Bebek.
Fragmentos de un diario íntimo compartidos con el público, dirigiéndose coloquialmente a cada espectador, cada espectadora en singular, Crudo tiene algo de stand up, algo de biodrama, algo de comedia musical sui géneris. Varios relatos se entrecruzan aplicando funcionalmente la tecnología en sus distintos lenguajes. Pero sin duda uno de los momentos de mayor impacto es aquel en que JMM, después de haberse referido a su padre gordo y a su madre flaca, habla con ellos por teléfono con el micrófono abierto. Atiende la mamá que le pregunta cómo está. “Acá, en función”, le dice el hijo como si tal cosa. “¿Hay público?”, quiere saber ella. “Sí, está lleno”, y así por el estilo hasta una despedida desopilante. A continuación habla el papá, un poco quejoso de sus achaques, de la pizza que le cayó mal. José le recomienda lentejas para la anemia. La situación teatral que se genera, entre la ternura y la comicidad, es insólita y arriesgada: un diálogo que suena real y espontáneo entre el protagonista –que se interpreta a sí mismo– y sus verdaderos padres –que no están actuando–. Junto con las fotos de familia y los videos que se proyectarán más tarde, ese diálogo oficia de garantía de que, como dice la gacetilla “Crudo es verdad”. Una verdad conquistada evitando el cinismo y restringiendo el exhibicionismo, permitiéndose Muscari quedar como un chico más bien tradicional, sentimental y coqueto. Incluso cuando se flagela un poquitín –las disquisiciones sobre el cuerpo que querría tener, el mea culpa cerca del cierre– lo hace con cierto pudor. Es decir, expone algunas crudités pero nunca las vísceras, aunque llegue a dar la sensación de actuar, de actuarse a corazón abierto.
Podría deducirse que este espectáculo proviene de un Muscari que ha hecho las paces consigo mismo, pese a lo que le cuesta tener los brazos musculados y a su hartazgo de ensaladas y gelatinas light. Un Muscari que al parecer estaba solo y creía que nadie lo quería cuando empezó con a hacer Crudo, pero que ahora está enamorado de un tipo divino que ojalá sea un amor para toda la vida (“vos y yo hasta la muerte, fieles”). Y, lo último pero no lo menos importante, un Muscari que sin practicar proselitismo, sin el menor espíritu sectario, sin levantar obvias pancartas, hace mucho desde este show por la aceptación de buen grado de la diversidad. Con buen criterio, da por sobreentendido que es gay, no defiende su condición, ni siquiera alude a la discriminación. Con calidez, con gracia, con seducción va haciendo entrar al público en sus códigos de pertenencia, hablando siempre de persona a persona. Su tono solo adquiere cierta gravedad reivindicatoria sobre el final, cuando después de explicar que quiere fundar una familia tipo sin imagen materna, pregunta a la platea: “¿Alguien, de verdad lo pregunto, cree que no tengo derecho a la paternidad porque en mi cama duerme otro hombre?”.

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